Hace dos días, en el patio de un colegio en Argentina, un adolescente abrió fuego. Un niño de 13 años murió y siete más resultaron heridos. Me tomó tiempo procesar la noticia. No porque no esté acostumbrada a escuchar este tipo de tragedias —los titulares de Estados Unidos nos han ido insensibilizando poco a poco, sin que lo notásemos— sino porque esta vez fue diferente. Argentina es el país donde crecí. Es el lugar donde tuve mis primeros amigos, mis primeros miedos, mis primeros sueños dentro de un aula que hace dos días se convirtió en una escena de horror. Y hoy tengo una hija en la primaria en Panamá. Una hija que también podría estar expuesta a una tragedia similar. Eso cambia todo. Cuando leemos estas noticias, tendemos a buscar al monstruo, una causa única, una explicación que nos permita decir: “eso no puede pasarnos a nosotros”. Pero la verdad es más incómoda: un joven que toma un arma y la dispara frente a sus compañeros casi nunca actúa de la nada. Puede que haya tenido acceso fácil a un arma. Puede que tenga un problema de salud mental no diagnosticado. Pero lo que es casi seguro es que ese joven ha sufrido mucho, y que en algún momento —quizás en muchos— intentó pedir ayuda. Son llamadas de auxilio en el único idioma que algunos adolescentes saben usar. Es el síntoma de un sistema que falló en múltiples niveles. Esto interpela directamente a todos los que trabajamos con adolescentes. Nuestra responsabilidad en estas tragedias rara vez es por acción. Casi siempre es por omisión. Lo digo porque todavía estamos a tiempo. Lo digo porque hemos estado demasiado ocupados. Lo digo porque hemos tenido oportunidades de intervenir a tiempo y las hemos dejado pasar. No digo esto para culpar. Lo digo porque no hemos preguntado. Queremos que haya un villano claro, una causa única, una explicación que nos permita decir: “eso no puede pasarnos a nosotros”. Lo digo porque hemos pensado “son cosas de la edad” y hemos seguido de largo. A los padres, a los docentes, a los pediatras, a los psicólogos, a los entrenadores, a cualquier adulto que comparte tiempo con un joven. Los avisos siempre están ahí. Pregunta cómo están y después espera la respuesta de verdad. Si deja de hacer las cosas que antes lo hacían reír. Si empieza a pasar horas encerrado en su cuarto o pegado a las redes sociales sin querer salir. Si duerme mal, come mal, responde con agresividad o, al contrario, con un silencio que se siente diferente. Si baja su rendimiento académico sin una razón aparente. Si habla —aunque sea de forma indirecta— de sentirse solo, de no importarle nada, de que todo sería mejor sin él. Estas no son señales menores. Hoy, te invito a prestar atención si un adolescente empieza a pasar horas encerrado en su cuarto o pegado a las redes sociales sin querer salir. Cada uno, desde el lugar que ocupa —como padre, como maestro, como médico, como vecino, como servidor público— tiene la posibilidad de ser ese adulto que no miró para otro lado. Esta noche, mira a tus hijos a los ojos. Pregunta un poco más. No te conformes con un “bien”. Insiste con cariño.
Tiroteo en escuela de Argentina: una llamada a la acción para adultos
Tras el tiroteo en una escuela argentina que le costó la vida a un niño de 13 años, la autora reflexiona sobre las causas sistémicas de la violencia y llama a los adultos a no ignorar las señales de alerta de los adolescentes. Es una historia sobre cómo todos podemos ser ese adulto que no mira para otro lado.