Política Del país 2026-03-24T06:34:43+00:00

Folklore y dictadura: cómo la música resistió el terror en Argentina

Durante la última dictadura cívico-militar en Argentina, el folclore se convirtió en un objetivo para la censura. A pesar de las prohibiciones, amenazas y listas negras, músicos como Mercedes Sosa y Jorge Cafrune usaron su arte como forma de resistencia. Sus canciones, llenas de protesta social, continuaron circulando entre el pueblo, preservando la memoria e identidad por décadas.


Folklore y dictadura: cómo la música resistió el terror en Argentina

El folclore supo canalizar los reclamos y sueños, resumió dolores que parecían lejanos y los volvió canto colectivo; como desde sus orígenes en el acervo cultural de la región, había aprendido a deletrear el aire que respiraba su pueblo para hacerlo canción.

La última dictadura cívico-militar argentina enfrentó al arte a un dilema: cómo denunciar el horror sin que la forma estética diluyera el contenido político. Muchos debieron exiliarse, otros fueron amenazados de muerte y algunos recurrieron a seudónimos o estrategias alternativas para seguir produciendo. La dictadura intentó transformar el folclore en una expresión despolitizada que buscaba disciplinar el contenido cultural, eliminando toda expresión que pudiera cuestionar el orden impuesto.

Sin embargo, lejos de desaparecer, la música popular resistió el horror de esos años. Las canciones circularon fuera de los medios oficiales, en peñas, encuentros informales y espacios cotidianos donde la memoria se sostuvo de generación en generación.

A pesar de las listas negras, te dejamos un listado de algunas de las canciones que fueron prohibidas:

«Coplera del prisionero», de Horacio Guarany.

El folclore, como hecho cultural, es una manifestación tradicional, anónima, colectiva, funcional y empírica, vigente en una comunidad, que se transforma en un vehículo de identidad, memoria y conciencia colectiva. Fue uno de los blancos centrales de esa ofensiva genocida. Esta tensión atravesó las prácticas artísticas, que buscaron sostener un equilibrio entre experimentación formal y compromiso con la denuncia social», expresaron las investigadoras García, Silvia Susana y Belén, Paola Sabrina en su libro «La representación de lo indecible en el arte popular latinoamericano».

Otras figuras como Mercedes Sosa fueron prohibidas y empujadas al exilio, mientras que Jorge Cafrune sufrió vetos constantes por su negativa a callar y su defensa de artistas censurados.

La memoria es activa, porque el Nunca Más también se expresa frente a cada intento de «apagón» y vaciamiento de la cultura popular.

Para el régimen, el folclore no era un género más en música y danza, sino una herramienta capaz de influir en la sociedad, de construir sentido y de expresar conflictos sociales y políticos. En ese marco, los servicios de inteligencia elaboraron fichas secretas sobre artistas, considerándolos «comunicadores clave».

La memoria es activa, porque el Nunca Más también se expresa frente a cada intento de «apagón» y vaciamiento de la cultura popular.

Por ANRed

La última dictadura cívico-militar argentina desplegó un plan represivo contra las expresiones culturales populares. «Alcen la bandera», «Juana Azurduy» y «En Sudamérica mi voz» de Ariel Ramírez; «Agarrame el alazán», de Omar Moreno Palacios; «Triunfo agrario», de Armando Tejada Gómez y César Isella; «Hombres en el tiempo», de Isella; «Chacarera del expediente», de Gustavo «Cuchi» Leguizamón, entre otras.

«El silencio es salud», dijo el dictador Jorge Rafael Videla. Contra esa frase, los músicos populares arriesgaron el pellejo y no se callaron, porque hicieron carne propia que «si se calla el cantor, calla la vida».

Hoy, a 50 años, reflexionar sobre nuestro presente nos hace ver que, aunque el contexto es otro, las políticas de ajuste, el desfinanciamiento cultural y los discursos que desprecian a los artistas son nuevas formas de censura no explícita y disciplinamiento social.

La cultura siempre es un problema para el poder, ya que tensiona sus límites porque ha sido un arma de transformación social y política.

Recordar lo ocurrido durante la dictadura no es quedarse en el pasado, sino pensarla desde el presente.

La persecución al folclore fue parte de un plan sistemático de censura y control cultural que buscó disciplinar a artistas y vaciar de contenido crítico a la música popular. Se implementaron listas negras, se prohibieron canciones y se desplegó una política de persecución y amenazas.

En esas listas figuran músicos como Horacio Guarany, Ariel Petroccelli, César Isella y Omar Moreno Palacios. Según investigadores, desde que Atahualpa Yupanqui aclaró «de quién eran las vacas y de quiénes las penas» en 1944, el folclore se volvió un género político. También fueron perseguidos Víctor Heredia, Piero y Atahualpa Yupanqui.

Recordar no es quedarse en el pasado. Aunque el folclore tuvo una raíz paisajística en las décadas del 50 y 60, la pérdida de esa inocencia descriptiva lo volvió peligroso para el sistema.

«Estamos prisioneros carcelero / Yo de estos torpes barrotes, tú del miedo»; «No se por qué piensas tu», poema de Nicolás Guillén con música de Guarany; «Hasta la victoria», de Aníbal Sampayo.

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