En paralelo, comunidades de origen inmigrante suelen tener una estructura etaria más joven y, en promedio, tasas de natalidad muy superiores, lo que empuja cambios importantes en la composición poblacional a lo largo de décadas. Europa paga el precio de decisiones políticas acumuladas: políticas migratorias inconsistentes, sistemas de asilo desbordados, guetos urbanos tolerados, y una integración que fue más declamación que inversión real. La UE repite el libreto del derecho internacional en cada crisis, pero su credibilidad se erosiona cuando el bloque luce incapaz de imponer una estrategia común: algunos gobiernos se alinean con Washington, otros priorizan distancia, y varios se limitan a pedir diálogo aun cuando la realidad ya cambió de fase. Lo cierto —y lo inquietante para los gobiernos— es que Europa envejece, tiene tasas de fertilidad bajas y enfrenta tensiones de cohesión social en barrios y ciudades donde la integración falló o quedó a mitad de camino. Desde Bruselas, la dirigencia comunitaria pidió “máxima moderación”, protección de civiles y respeto del derecho internacional, mientras intenta evitar que el conflicto derrame sobre rutas energéticas, comercio marítimo y seguridad interior. Europa no solo observa la guerra en Oriente Próximo: también teme lo que esa guerra puede encender dentro de sus propias ciudades. La pregunta que queda flotando —y que en Bruselas pocos responden con claridad— es si la UE pretende seguir siendo un actor global o solo un espacio económico que se protege como puede. En paralelo, el presidente francés, Emmanuel Macron, describió los ataques como un “estallido de guerra” y anticipó el pedido de una reunión urgente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un gesto diplomático que suena importante pero que, en el terreno, no detiene misiles ni drones. La alta representante de la UE para la política exterior, Kaja Kallas, adoptó un registro algo más explícito al definir la situación como “peligrosa” y señalar que los programas nucleares y balísticos de Irán, junto con su apoyo a grupos armados, constituyen una amenaza para la seguridad mundial. Cuando estalla una crisis externa como la de Irán, ese espejo interno se vuelve incómodo: la UE pide contención fuera, pero adentro lidia con sociedades cansadas, polarizadas y con crecientes demandas de orden. En este contexto, la postura europea frente al choque Estados Unidos–Israel–Irán se parece menos a una política exterior y más a una administración del miedo: miedo a la escalada regional, miedo al impacto energético, miedo a nuevas olas migratorias, miedo al terrorismo interno y miedo a la reacción social originaria puertas adentro. Europa endurece sanciones, pero cuando llega la hora de gestionar el riesgo de una guerra, el bloque se refugia en comunicados. La escalada en Irán también reaviva discusiones internas que Europa arrastra desde hace años y que hoy la encuentran exhausta: migración, integración, radicalización y seguridad pública. El problema es que, una vez más, el bloque parece llegar tarde: la guerra ya está en marcha y Europa vuelve a hablar desde la barrera, con temor a las consecuencias y sin capacidad real de incidencia. En una declaración conjunta, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, calificaron los acontecimientos como “muy preocupantes” e instaron a todas las partes a no escalar. Por Daniel Romero. Buenos Aires-28 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA-La Unión Europea reaccionó con una mezcla de alarma, prudencia y mensajes cuidadosamente medidos ante la ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, pero su postura volvió a dejar al descubierto una fragilidad política que ya no se limita al tablero de Oriente Próximo. Y cuando esa ansiedad manda, la política exterior europea tiende a hablar en voz baja. La crítica no es solo por el tono, sino por la coherencia. Porque cuando el mundo entra en tormenta, la neutralidad retórica no es una estrategia: es una forma elegante de impotencia. El Estrecho de Ormuz, el mar Rojo y las rutas que alimentan a Europa de crudo, gas y mercancías reaparecen como nervios sensibles. Traducido: Europa teme que el conflicto, además de sangre, traiga algo que en Bruselas se mide con escalofrío: un shock de energía, seguros y logística. En ese punto, el debate demográfico aparece con frecuencia, muchas veces con consignas extremas que no ayudan a entender el fenómeno. El tono, sin embargo, fue el de siempre: frases correctas, mínima definición política y la sensación de que la prioridad es que el incendio no cruce la puerta de casa. Aun así, el mensaje central volvió a ser defensivo: proteger civiles, sostener el derecho internacional humanitario y activar el músculo consular para facilitar salidas de ciudadanos europeos. La propia Kallas informó que la red consular está volcada a asistencias y que se retirará personal no esencial de la región. En esa misma lógica de autoprotección, la misión naval Aspides —dispuesta para resguardar la navegación en el mar Rojo— quedó “en alerta máxima” y lista para contribuir a mantener abierto el corredor marítimo. Esta reacción fragmentada contrasta con decisiones recientes que endurecieron el vínculo con Teherán, como la designación del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) en la lista terrorista europea.
La Unión Europea reacciona a la operación militar contra Irán
La Unión Europea reaccionó con una mezcla de alarma, prudencia y mensajes cuidadosamente medidos ante la ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán, pero su postura volvió a dejar al descubierto una fragilidad política que ya no se limita al tablero de Oriente Próximo. El artículo analiza la reacción de la UE, sus problemas internos y el temor a la escalada del conflicto.