Europa, decidió hace dos décadas que quería ser virtuosa. Prohibió el fracking, cerró sus nucleares, ignoró su petróleo y gas propios, llenó sus paisajes de molinos que no pueden garantizar suministro estable, compró las baterías que necesita en China, dejó morir a sus ciudadanos de calor en verano porque la luz es demasiado cara para encender el aire acondicionado, y quedó sin capacidad de construir la infraestructura digital del siglo XXI.
Se suicidó energéticamente justo cuando la energía dejó de ser un recurso industrial para convertirse en el recurso cognitivo más importante de la historia. Todo eso fue sacrificado.
En cambio, Europa eligió molinos de viento y parques solares. Construyó un sistema energético caro, intermitente e ideológicamente condicionado, y ahora sus ciudadanos mueren de calor en verano porque no pueden permitirse la tecnología que los protegería. Es difícil imaginar una demostración más clara del fracaso de una política pública.
Pero el problema más grave no es el presente. Cerró centrales nucleares que funcionaban perfectamente. Cuando esa ruta se convirtió en zona de guerra, los precios del gas en el mercado de referencia europeo subieron un 55% en una sola semana.
Europa tiene dos opciones para explicar esta brecha. La primera es que sus ciudadanos no tienen aire acondicionado porque culturalmente lo rechazan, convencidos de que soportar el calor es más virtuoso que consumir electricidad. La segunda es que no pueden pagarlo, porque la electricidad en Europa cuesta el doble o el triple que en Estados Unidos, precisamente como consecuencia de la política energética que eligieron. Eso no lo niega nadie con acceso a datos.
«Las temperaturas suben. Las olas de calor son más frecuentes e intensas. La consecuencia es directa y medible: ante temperaturas equivalentes, mueren muchas más personas en Europa que en Estados Unidos».
En 2022, Europa registró más de 61.000 muertes atribuibles al calor. España sola registró 8.352 muertes por calor ese año, convirtiéndose en el segundo país europeo con mayor carga de mortalidad absoluta por este motivo. Mientras, los CDC estadounidenses registran unas 700 muertes anuales por calor.
«La solución más eficaz contra el calor extremo no es un acuerdo climático ni un parque solar. Es el aire acondicionado».
La diferencia no es el clima. Es la refrigeración. En Estados Unidos, el 90% de los hogares tiene aire acondicionado. En Europa, esa penetración es mínima, especialmente en el norte y el centro del continente.
Y entonces llegó el conflicto con Irán. Por el estrecho de Hormuz pasa el 20% del petróleo mundial y el 20% del gas natural licuado que se comercia en el planeta. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, ese grifo se cerró de golpe. Los precios del gas en los mercados europeos se multiplicaron por cuatro en cuestión de semanas. Eso no lo niega nadie con acceso a datos.
Europa aumentó su dependencia energética al cerrar centrales nucleares, prohibir el fracking e ignorar sus reservas en el Mar del Norte. Lo más irónico es que los recursos propios existían. El Mar del Norte tiene petróleo y gas en cantidades suficientes para reducir drásticamente la dependencia exterior.
El subsuelo europeo tiene gas extraíble mediante fracking, técnica que Europa prohibió por motivos medioambientales mientras la usaba sin problema para importar gas licuado producido exactamente con esas mismas técnicas en otros países.
Europa no las fabrica. Las compra en China. Y llenó sus paisajes de molinos de viento y paneles solares que, según la narrativa oficial, iban a salvarla del cambio climático y de su dependencia energética. La solución técnica a la intermitencia son las baterías de gran escala. Pero Europa no las fabrica. Las compra en China.
Esa intermitencia desestabiliza las redes eléctricas, genera desequilibrios de frecuencia y provoca apagones. Instalaciones que generan energía intermitente: solo funcionan cuando hay viento o cuando brilla el sol, y se apagan cuando no los hay. Y en esos mismos horizontes proliferan ahora los parques eólicos y solares, instalaciones con una huella ecológica real y visible que ningún estudio de impacto ambiental parece capaz de frenar.
En 2023, Europa entera tiene 6. Estados Unidos cuenta con más de 5.400 centros de datos en total, más que Alemania, Reino Unido, China, Francia, Australia, Países Bajos, Rusia, Japón y Brasil juntos.
«El estado de Virginia, por sí solo, tiene más capacidad de centros de datos de hiperescala que todo el continente europeo. Cuando un europeo usa ChatGPT, la respuesta se procesa en Texas. Cuando usa Claude, en Virginia o en California. Cuando usa DeepSeek, en Shanghai». Ahí está el problema de fondo.
La energía es inteligencia artificial. Estamos en la era donde la energía no es solo calefacción, transporte e industria. La energía es inteligencia artificial. Entrenar un modelo de IA de frontera consume la misma electricidad que miles de hogares durante meses. Procesar cada consulta que millones de personas hacen cada día a ChatGPT, Claude o Gemini requiere centros de datos que funcionan las 24 horas consumiendo cantidades masivas de electricidad.
Según McKinsey, la inferencia, es decir el procesamiento de respuestas en tiempo real, representará más de la mitad de toda la computación de IA y entre el 30% y el 40% de la demanda total de centros de datos para 2030.
Prácticamente nada de esa computación ocurre en Europa. Los europeos consumen inteligencia artificial pero no la alojan, no la construyen y no la controlan. La razón es directa: construir centros de datos de IA requiere energía abundante, barata y fiable. En Europa, esa combinación es políticamente imposible en la mayoría de los países.
La industria alemana, que había construido su competitividad sobre energía barata y abundante, entró en una crisis estructural de la que no ha salido. Alemania, la mayor economía de Europa, lleva dos años en recesión.
Europa reemplazó el gas ruso comprando gas natural licuado en mercados internacionales, mucho más caro y mucho más vulnerable a los conflictos globales.
La industria alemana, que había construido su competitividad sobre energía barata y abundante, entró en una crisis estructural de la que no ha salido.
Europa no es potencia militar y tampoco quiere serlo. Hoy gasta el 1,9% de media, y países como España llevan décadas incumpliendo incluso el objetivo mínimo del 2% acordado con la OTAN.
Un continente que no puede protegerse a sí mismo depende de que otros lo protejan, y cuando esos otros tienen sus propios problemas, Europa queda expuesta. Dos crisis energéticas en cuatro años, provocadas por conflictos militares que Europa no tiene capacidad de resolver ni de evitar. El desmontaje de infraestructuras nucleares y la prohibición de técnicas convencionales acrecientan la vulnerabilidad europea ante conflictos globales y limitan su papel en la nueva economía digital y de inteligencia artificial.