Un artículo publicado por The Telegraph en enero de 2025, con el provocador título de que Gran Bretaña debía llegar a la Antártida antes que Argentina, no fue una simple licencia periodística ni una excentricidad editorial de la prensa conservadora británica. Fue, más bien, una señal política y geopolítica que conviene leer con atención.
El argumento central del artículo es que el cambio de época, la presión por recursos estratégicos y la competencia entre potencias están debilitando el consenso conservacionista y empujando una nueva carrera geopolítica. En esa narrativa, el continente blanco deja de ser una reserva de ciencia para convertirse otra vez en una reserva de poder.
Primero, recuerda que nuestro país mantiene una presencia ininterrumpida en la Antártida desde 1904, algo que hoy las propias fuentes oficiales argentinas siguen reivindicando como un activo central de soberanía y continuidad estatal. Segundo, señala antecedentes históricos de firmeza argentina, como los episodios de tensión con expediciones británicas en el siglo pasado. Esa conexión entre Malvinas, Atlántico Sur y Antártida no es retórica: es uno de los nudos centrales del problema. Tercero, subraya una ventaja estructural que nadie puede desconocer: la proximidad entre el territorio continental argentino y el continente antártico, una condición geoestratégica que ningún despliegue discursivo británico puede borrar.
El texto de The Telegraph también pone el foco en el marco jurídico. Reconoce que el Tratado Antártico de 1959 limitó el uso del continente a fines pacíficos, científicos y de cooperación, y que durante décadas ese esquema ayudó a preservar a la región de una explotación abierta de tipo militar o industrial. Pero al mismo tiempo insinúa que ese “excepcionalismo polar” podría estar entrando en crisis. La nota enlaza esa presión sobre las regiones polares con el retorno de una lógica de expansión de recursos, asociada a las promesas de Donald Trump de perforar más, explotar más y mirar incluso a Groenlandia como pieza estratégica.
El artículo repasa, además, varios puntos sensibles que para la Argentina no deberían pasar inadvertidos. Ahí aparece otro punto importante del artículo británico: el contexto internacional. Porque cuando desde Londres se habla de llegar antes que Argentina, no están discutiendo geografía: están discutiendo poder. Se plantea que una eventual bonanza petrolera y mineral en el continente blanco podría contribuir a rescatar al Reino Unido de su declive, y que para aprovecharla Londres debería moverse antes que otros actores, en especial antes que Argentina, a la que identifica como uno de sus rivales más serios por cercanía geográfica, historia y presencia sostenida. Y en ese reparto, según el diario británico, Londres debería consolidar su reclamación antes que lo haga Argentina. El artículo, además, no oculta la superposición de reclamos entre Argentina, Chile y Gran Bretaña, y lamenta que el actual poder político británico haya mostrado debilidad en otros enclaves marítimos, como ocurrió con el acuerdo sobre Chagos, en vez de fortalecer su capacidad naval.
Frente a ese cuadro, la pregunta que surge desde la Argentina es tan simple como incómoda: ¿qué hizo el Estado argentino durante este último año para responder, en términos políticos y estratégicos, a una advertencia de este tipo? La Argentina, que tiene historia, presencia, cercanía, bases, ciencia y una posición jurídica consolidada dentro del sistema antártico, no debería conformarse solo con administrar la inercia. En las fuentes oficiales consultadas no surge, al menos de manera pública y nítida, un anuncio de gran escala que muestre una actualización estratégica equivalente a la magnitud del desafío que planteó esa discusión en la prensa británica.
Lo que se ve es actividad, continuidad y despliegue; lo que no se ve con la misma claridad es una señal política fuerte, integral y comunicada hacia adentro y hacia afuera sobre cómo piensa Argentina defender su posición en una Antártida cada vez menos cooperativa y más competitiva. Y allí está, justamente, el punto de fondo. La conclusión implícita es clara: si el Ártico y la Antártida dejan de ser espacios relativamente protegidos y pasan a ser territorios de competencia dura, cada potencia empezará a recalcular posiciones. Pero una cosa es sostener la presencia, que sin duda es valiosa y necesaria, y otra muy distinta es exhibir una estrategia política integral, visible y consistente frente a un escenario que se está endureciendo.