La identidad digital ocupa el lugar del rol institucional, y la banca se convierte en una plataforma de visibilidad antes que en una herramienta de representación y producción normativa. El arribo de María Celeste Ponce a la Cámara de Diputados se convirtió en un ejemplo ilustrativo de una tendencia que atraviesa la política argentina contemporánea: la transformación de la representación institucional en un ejercicio de visibilidad personal. Su desempeño parlamentario resulta marginal; en más de dos años, apenas figura como firmante en dos proyectos de declaración, sin impacto normativo. Su agenda legislativa está vacía de propuestas nacionales, sin abordar desafíos como educación, salud, economía o seguridad. En paralelo, su visibilidad pública se apoya casi exclusivamente en Instagram, donde combina mensajes religiosos, provocaciones culturales y una narrativa centrada en su identidad personal. Su figura se volvió recurrente por episodios virales: discusiones sobre su estética, publicaciones en bikini, discursos contra Halloween y referencias a su fe. Aunque nada de esto es objetable en el plano privado, el problema surge cuando esa exposición reemplaza la función para la que fue electa. El caso expone una señal de época: la consolidación de una política reducida a espectáculo, con bajo compromiso institucional.
Política como espectáculo: la autoexposición digital reemplaza el trabajo legislativo
La diputada argentina María Celeste Ponce ejemplifica una nueva política donde la actividad en redes y el personal branding son más importantes que el trabajo legislativo. Su escasa producción parlamentaria y el olvido de problemas nacionales generan preocupación por la representación democrática.